No basta con la pasión


congreso1Que al más alto nivel se haya reconocido la imperiosa necesidad de darnos mayor confianza a los periodistas para realizar nuestra labor, me parece el más útil dividendo del recién concluido noveno Congreso del gremio. Sobre todo porque se trata, creo, de desatarnos de una vez por todas las manos y desprendernos de un cordón umbilical que por décadas ha desdibujado potencialidades y limitado el verdadero rol de denuncia y combate, consustancial a la prensa.

El primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, expuso esa voluntad y fue muy claro en sus palabras de clausura, cuando consideró que las autoridades políticas y gubernamentales tienen “un rol demasiado gerencial” sobre el sistema de prensa cubano, mientras equilibraba la balanza al advertir que, por su parte, los medios “no pueden esperar, para informar, a recibir orientaciones.”

Durante tres días de argumentos y debate, los delegados de todo el país discutimos un sinnúmero de problemas que afectan directamente la calidad de nuestro periodismo, cada vez más exigido por el pueblo. Sin embargo, una buena parte de las insatisfacciones se han reiterado por años y comienzan a ser indispensables ciertas respuestas, en el afán de impedir que la avalancha de ideas que inundó al Congreso desde cada redacción del país se convierta en letra muerta.

Díaz-Canel: las autoridades políticas y gubernamentales tienen “un rol demasiado gerencial” sobre el sistema de prensa cubano

Porque, seis años después, las orientaciones del Buró Político para elevar la eficacia informativa de los medios cubanos siguen mayormente inoperantes y el control de su cumplimiento continúa en tierra de nadie. “Debemos buscar desde el Partido un papel de orientación y darles a los medios confianza para que desempeñen su labor”, dijo en este sentido Díaz-Canel, quien coincidió con el espíritu de inconformidad que primó en el Congreso y reconoció que “el problema es también del Partido y debemos autocriticarnos.”

Aunque los reiterados y justos reclamos de mejoras salariales y materiales no recibieron unas soluciones largamente esperadas y, por desgracia, otra vez pospuestas, los periodistas apostamos por asumir el reto de reflejar con más acierto y belleza la realidad de una sociedad tan compleja como la nuestra. “El pueblo tiene derecho a recibir información”, sentenció el primer Vicepresidente cubano, quien dijo creer en el diálogo y en el debate, dos senderos tan imprescindibles como poco recorridos por nuestro periodismo y su entorno.

“El pueblo tiene derecho a recibir información”, sentenció el primer Vicepresidente cubano

De modo que, dichas casi todas las verdades y reiterado el compromiso del gremio con un proyecto social escabroso y exigente, asoma en el horizonte el desafío de hacer el verdadero periodismo del siglo XXI, el que, según Díaz-Canel, es “en tiempo real y por lo tanto necesita cambios de mentalidad y de conceptos”.

La pasión por la verdad no puede ser solo el lema del noveno Congreso; debe convertirse en la brújula que nos conduzca a todos hacia un sistema de prensa acorde con el tiempo que vivimos.

Coger el paso


CORBATA HORCALlevan como un tatuaje la marca indeleble del tiempo perdido y en sus ojos un cansancio como de siglos. Se encargan con lamentable eficacia de poner generosas dosis de frío en el ardor juvenil de quienes comienzan sus pasos soñando con lo imposible, esa fórmula infalible para conseguir lo grande.

Son especímenes cada vez más extendidos en la sociedad, mutantes de la desidia, camaleones que cambian de criterio como si de colores de piel se tratara, mientras se aclimatan al hábitat inocuo y sombrío que solo pueden crear buroes y acondicionadores de aire, porque el ajetreo de la vida en la calle ha terminado por horrorizarles.

Son los mismos que alguna vez han mirado de soslayo el talento de los que llegan y se han olvidado con facilidad pasmosa del suyo propio, más pendientes de poner una zancadilla o de coartar la imaginación ajena, que de rescatar la ganas de vivir y hacer, enterradas en algún recodo del camino.

Sin percartarse de que apenas unos pocos años les separan de estos seres irreverentes, culpables confesos de querer cambiarlo todo, se han detenido a contemplar el dudoso tesoro en el que se convirtió su pasado, mientras realizan inventario de reconocimientos y diplomas ya amarillentos, que les devuelven sensaciones ahora remotas. El panteón de unos méritos definitivamente caídos en el combate de la indolencia, acoge los restos de aquellas miradas de admiración que alguna vez despertaron en los otros, o del saludo respetuoso de quienes un día les asumieron como modelo a seguir.

Así, en tanto se preguntan de qué manera el futuro que soñaran se trocó en un pasado irremediablemente perdido, esos sepultureros del riesgo y la aventura siguen atrincherados en la seguridad que les da saltar siempre con red.

Con palmaditas indulgentes reciben el entusiasmo de los jóvenes, cuando estos pretenden transformar la oficina, la fábrica, la empresa o el mundo todo si los dejan. Con una sonrisa paternal repiten entonces como un mantra su lapidaria sentencia: “No te apures, tú coges el paso”… Lo dicen y se regodean, asumiendo desde su experiencia que el recién llegado se rebelará una y otra vez, pero terminará aplastado por la fuerza gravitacional de la desazón y la rutina.

Por fortuna, cada minuto que pierden quienes se convirtieron en dinosaurios y son ahora paladines del inmovilismo, es otro instante de optimismo y convicción para los muchos que han decidido no ceder. Hace millones de años esos gigantescos reptiles reinaron sobre la tierra, pero el paso inexorable del tiempo se ha encargado de borrarlos para siempre.

“La literatura es un deporte de combate”


En primer plano, Encia; al fondo, Fenelo.

En primer plano, Encina; al fondo, Fenelo.

De la siempre añorada “pelea del siglo” entre Teófilo Stévenson y Mohamed Alí a las muchas anécdotas que dejó en su peculiar existencia el gran poeta Rubén Darío; desde la espectacular pegada de Mike Tyson y el triste vacío de poder que sufren hoy los pesos pesados en el mundo hasta las imprescindibles novelas de Mario Vargas Llosa. De la esquina roja, con el fino estilo del escritor Carlos Esquivel, a la azul, con la fogosa letra del trovador Freddy Laffita; de la lírica y el drama que caben entre las 12 cuerdas de un ring a la pegada demoledora que tiene la auténtica literatura.

Semejante recorrido solo podía producirse en la peña que habitualmente realiza el autor de Los epigramas malditos en el centro cultural Huellas. Empujado por su incontenible pasión hacia el deporte, Esquivel (Elia, 1968) se las arregló esta vez para reunir en la tierra de Kid Gavilán y Guillermo Vidal a dos exboxeadores que descendieron hace muchos años de los cuadriláteros, dispuestos a entrar en el infinito cuerpo a cuerpo, en el combate sin límites que es la creación literaria.

El santiaguero Eduard Encina (Baire, 1973), otrora púgil de alto rendimiento y actualmente un reconocido poeta cubano; y el camagüeyano Obdulio Fenelo (Florida, 1971), con una corta carrera en el deporte de los puños, pero autor de una destacada obra narrativa, hicieron evidentes una vez más los muchos puntos de contacto entre escritor y atleta.

“El escritor y el atleta deben compartir la zozobra de nunca sentirse en la cima”

El anfitrión Carlos Esquivel, junto a sus dos invitados.

El anfitrión Carlos Esquivel, junto a sus dos invitados.

Para el santiaguero, “hay algo de filosofía detrás de esa regla de oro en el boxeo que es intentar dar y no recibir. Creo que es más bien una postura ante la vida”; mientras el camagüeyano asegura que “el arte de escribir es una suerte de deporte de combate. El escritor y el atleta deben compartir la zozobra de nunca sentirse en la cima, si bien la literatura es más una pelea contra uno mismo y el más importante es el combate interior, porque nadie te puede callar”.

Así, sin silencios, como en algún improvisado ring de barrio, esta conspiración orquestada por tres escritores dejó fuera de combate a quienes insisten en separar la literatura y el deporte, dos indiscutibles pilares de la cultura cubana.

La oferta se de(s)manda


Se vende esta casaOferta y demanda: sacrosantas palabras de la época que vivimos. Signos innegables de un tiempo nuevo para todos los cubanos, que trae realidades hasta hace poco impensables, pero tan ciertas como los 60 mil pesos convertibles con los que alguien derramó la copa de los despropósitos y me hizo caer en la cuenta de que algo anda torcido en medio de tantos deseos de salir adelante y encontrar soluciones sencillamente imprescindibles.

Esa desorbitada cifra, ascendente a millón y medio de pesos cubanos, es el precio que alguna imaginación febril le puso a una vivienda de esta ciudad de Las Tunas. La oferta, por disparatada que parezca, está en estrecha sintonía con una demanda que estira los bolsillos hasta límites insospechados y justifica plenamente un monto que parece una locura para los estándares de una de las más modestas capitales provinciales del país.

Porque si bien ese es uno de los ejemplos extremos (se habla de que se ha llegado hasta los 105 mil CUC), lo cierto es que detrás de las cada vez más numerosas fachadas que se adornan con el cartel de “Se vende esta casa”, le esperan al posible comprador precios que oscilan entre los 5 mil y los 30 mil CUC. Increíble.

“La oferta, por disparatada que parezca, está en estrecha sintonía con una demanda que estira los bolsillos hasta límites insospechados”

Pero el fenómeno va más allá del tema candente de la vivienda y se extiende hasta la cotidianidad de cualquier tunero de a pie, que más que intentar reunir una cantidad imposible, solo pretende, digamos, viajar a algún punto de la ciudad.

Los ejemplos abundan y se ilustran mejor si nos apegamos al lenguaje de las matemáticas: 3:30 de la tarde en la piquera de la Terminal de Ómnibus Nacionales, 10 pasajeros en un coche que solo admite ocho, cinco pesos por persona hasta el Ferrocarril… Ante las protestas, una especie de teorema absoluto, una regla de tres infalible: “Yo soy el único que va para allá ahora y esto es oferta y demanda, hermano, si no te cuadra, bájate”. Y es que, encima del atropello, el cochero de marras se da el lujo de llamar a alguien “hermano”.

“los términos oferta demanda permutan cada día sus verdaderos significados y, a la vista de todos, se convierten en oportunismo necesidad extrema

Pero hay más: 2:00 pm, parada del hogar de impedidos físicos y mentales Calixto Sarduy, un solitario pasajero a pleno sol, un camión particular que le ignora por completo, pues uno es menos que 20 y en su interminable carrera por sumar la mayor cantidad posible de pesos, la prioridad es llegar primero que la competencia al hospital “Guevara”, donde de seguro le espera una buena inyección monetaria a su bolsillo. Las necesidades y los derechos del pasajero solitario no suman, solo restan en la podrida conciencia del conductor del camión.

Resulta inevitable, entonces, concluir que los términos oferta y demanda permutan cada día sus verdaderos significados y, a la vista de todos, se convierten en oportunismo y necesidad extrema.

Por ahora, algunas encuestas informales parecen indicar que la famosa Ley de la oferta y la demanda tiende a cumplirse y algunos precios comienzan a buscar el punto de equilibrio, aunque no cesen de aparecer ejemplos que hablan a las claras de la necesidad de algún tipo de regulación. Los muchos tuneros que no pueden alcanzar ofertas demasiado elevadas, así lo demandan.

De la guagua y otros demonios


guaguas1A pesar de que dos cubanos tan geniales como José Lezama Lima y Héctor Zumbado no pasaron de largo ante su inagotable presencia cotidiana, las guaguas en Cuba siguen siendo un enigmático adorno del folclor criollo. De hecho, los muchos estudiosos de nuestra realidad las han obviado olímpicamente, mientras buscan en sitios menos propicios alguna fuente válida de información sobre esa especie de entrañas de la nación que ellos prefieren definir como cubanía.

En su ir y venir diario por las mismas rutas tediosas de la ciudad, las guaguas engullen y expulsan a miles de pasajeros, ajenas a la prosa lezamiana que, allá por octubre de 1949, las definiera como “uno de esos increíbles disfraces que asume el Maligno”; o impertérritas frente al rancio humor de H. Zumbado, quien las tildara de “monstruo rugiente con patas de caucho”, antes de afirmar que abordarlas es algo solo comparable con “desafiar al destino”.

Porque las guaguas son una parte fundamental en el día a día del cubano de a pie y su omnipresencia quizás esté relacionada con algún sentimiento maternal, después de llevar en sus hinchadas panzas a millones de viajeros que por años las hemos maldecido una y otra vez en su ausencia, solo para bendecir sin transición sus arrugados rostros cargados de reminiscencias rusas, o los resplandecientes colores que recuerdan la modernidad asiática, en el feliz instante en que aparecen.

El significado de su nombre se hace indescifrable para quienes visitan la Isla, aunque resulta que ni siquiera los lugareños mejor enterados se explican de dónde salió el término y se hace necesario apelar entonces al saber acumulado para elucubrar teorías: mientras algunos sitúan la raíz del calificativo en la compañía estadounidense Wa & Wa Co. Inc. (Washington, Walton and Company Incorporated), que fue la primera fábrica en exportar autobuses a la isla; otros remiten al vocablo inglés waggon (carruaje), como llamaron durante la primera mitad del pasado siglo, en Estados Unidos, a un automóvil mediano que se empleó para el transporte gratuito de personas.

De modo que, en medio de sus insospechados misterios, la guagua rueda imperturbable por las calles de la ciudad y, en su interior, un microcosmos en el que muchas veces usted habrá flotado, rodado o sobrevivido como mejor haya podido. Es una tribuna móvil cargada de improvisados oradores, amparados por la dinámica de un auditorio siempre cambiante. Allí, en medio del torbellino y protegido por esa especie de máscara a cara descubierta, el más tímido se arma a menudo de valor y dice un piropo; o el hermético por excelencia ensaya una confesión a fondo que pone a todos al tanto de sus más profundas frustraciones. La gente se abre al mundo en el regazo de la guagua y muchos de los más ricos debates acerca de la Cuba de hoy, se mueven a diario sobre ruedas por las arterias de nuestras ciudades.

“Es la guagua: no os asombréis de nada”, diría el poeta Navarro Luna si quedara atrapado dentro de alguna abarrotada ruta 7 en pleno mediodía tunero. Por eso, y aunque ciertamente las temperaturas que priman en su interior chamuscarían cualquier atisbo de poesía con el que quisiéramos relacionarlas, sigo sin comprender a los que las utilizan para iniciar con alguna desagradable pelea el día; o a los que de tanto “amarlas” insisten en llevárselas a casa, un fragmento por vez.

En definitiva, la guagua seguirá siendo parte inseparable de nuestro paisaje, así que acéptelo: usted volverá a blasfemar, invocando su nombre; pero respirará otra vez aliviado cuando su aparición le devuelva una imperceptible sonrisa.

Redefiniendo El manisero


vendedor-1Pocas personas conocen que Don Fernando Ortiz -con esa autoridad y sabiduría tan suyas que, repartidas a partes iguales, casi siempre le daban la razón- albergaba sus dudas acerca de que la mundialmente cantada letra de El manisero le perteneciera realmente a Moisés Simons. Creía, en cambio, que su autoría era obra de un anónimo vendedor de maní de La Habana de mitad del siglo XIX, cuando la creatividad y el folclor iban de la mano en el rico proceso de formación de lo cubano.

Un siglo y medio después, la cubanía sigue redefiniéndose en cada rincón de esta ínsula, tan distinta y distante de aquella, pero imperturbable en el rasgo más esencial: su gente. Se trata de la misma gente que toma ahora el relevo de aquel genio posible de la cultura callejera, para convencer con idénticas chispa y agudeza a más de una “caserita” indecisa.

Son los vendedores ambulantes de la Cuba del 2011, abierta a las oportunidades individuales para los que quieran aportar su trabajo honrado al esfuerzo colectivo; son los mismos responsables –en su impresionante ir y venir diario– de que muchos consideren a sus calles las más transitadas por ellos, aunque sean otros tantos los tuneros que defiendan invariablemente la misma convicción.

Porque basta permanecer algunas horas en el hogar, para escuchar-ver-disfrutar de un inaudito desfile de carretones, bicicletas (originales o mutadas en cualquier otro engendro de pseudo-vehículo), cestas, cajones, bandejas; siempre portadas por altavoces caminantes que anuncian con asombrosa musicalidad o con horrible desafinación una gama de productos de tan amplios registros que pueden ser al mismo tiempo los más jugosos, grandes, calientes o dulces.

“la cubanía sigue redefiniéndose en cada rincón de esta ínsula, tan distinta y distante de aquella, pero imperturbable en el rasgo más esencial: su gente”

vendedor-2Se trata, en definitiva, de una alternativa tan válida como cualquier otra, parte inseparable de un proceso complicado de apertura a iniciativas particulares, colgadas del vital afán de dinamizar la economía cubana.

Y si se hace necesario defender desde esta página su validez, es solo porque algunos criterios tienden a degradarla con asiduidad, alegando dudosas procedencias de recursos, esgrimiendo subjetivas exigencias estéticas (a vendedores y mercancías) y hasta lanzando de vez en vez algún improperio contra hombres y mujeres que a menudo recorren kilómetros desafiando el sol del verano o las frecuentes lluvias de la primavera.

Aceptados desde la pluralidad cada uno de esos “peros”, lo cierto es que los vendedores ambulantes son portadores de un altísimo valor utilitario porque trasladan artículos de primera necesidad a la puerta de la casa, contribuyen a regular unos precios muchas veces inflados en los mercados fijos y, al decir del etnólogo Miguel Barnet, se convierten junto a sus pregones en “un capítulo importante del folklore cubano y en expresión de la profunda riqueza poética y musical del pueblo de la isla mayor de las Antillas”.

Dicho esto, y en plan de decirlo todo, no siempre resultan agradables las voces altisonantes de los mercaderes callejeros, que perfectamente funcionan como infalible despertador matinal; o que increíblemente hacen coincidir algún “calentico pastel de guayaba” con la acción y el misterio de la película del sábado.

vendedor3De modo que, sin intentar canonizar al pizzero del barrio y asumiendo que alguna ilegalidad subsiste por ahí y debe ser combatida, los vendedores ambulantes son parte inseparable de la Cuba de hoy y como tal deben ser aceptados por todos. Porque si bien las voces de Rita Montaner y Antonio Machín hicieron universal el popular pregón del manisero, entronizando la rumba en Estados Unidos y Europa hasta bien entrados los años 40; no debe olvidarse que quizás mucho antes, en tiempos en los que se definía el futuro de una Cuba decidida a conseguir su independencia, algún humilde vendedor entonaba ya sus notas por cualquier calle de esta isla.