Once: Poesía en clave azulgrana


Foto: Yaciel Peña de la Peña (ACN)

Foto: Yaciel Peña de la Peña (ACN)

Editado y bellamente presentado por Ediciones Unión ha irrumpido en la escena literaria nacional Once, probablemente el primer libro cubano de poesía dedicado por entero al más universal de los deportes. En 60 poemas y 80 páginas se resume la enorme pasión que siente por el fútbol el poeta y narrador Carlos Esquivel (Elia, 1968), un sentimiento que expresa en clave azulgrana, y por eso buena parte de sus versos están marcados por la riquísima historia del FC Barcelona.

Estas son las palabras de su presentación:

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE POESÍA ONCE, DEL ESCRITOR TUNERO CARLOS ESQUIVEL (ELIA, 1968), POR EL PERIODISTA DUBLER R. VÁZQUEZ COLOMÉ. CENTRO CULTURAL HUELLAS,
LAS TUNAS, CUBA. 19 DE AGOSTO DE 2014.

Carlos Esquivel nació en 1968, un año bisiesto y agitado, desde todo punto de vista revolucionador, que terminó por sacudir al mundo y marcó a toda una generación irreverente y cuestionadora; casi tanto como la poseía que ha escrito mucho tiempo después el autor de Perros ladrándole a Dios y de Matando a los pieles rojas.

En aquel 1968, Stanley Kubrick estrenó 2001: Odisea del espacio; Franklin J. Schaffner ripostó con El planeta de los simios y Roman Polanski dirigió La semilla del diablo o El bebé de Rosemary. En Ciudad de México, se celebraron los Juegos de la decimonovena olimpíada y en Londres Los Beatles lanzaron su Álbum blanco. Mientras, en Old Trafford, el Teatro de los Sueños, el club argentino Estudiantes de La Plata se consagró campeón del mundo frente al todopoderoso Manchester United, embrión de una rivalidad que el tiempo y la codicia convirtieron en guerra y que Diego Maradona, la Mano de Dios, transformó en poesía.

En 1968, también, nacieron las míticas bandas Deep Purple, Led Zeppelin y Black Sabbath, al mismo tiempo que Philip K. Dick se preguntaba si soñaban los androides con ovejas eléctricas. Ese mismo año vinieron al mundo los futbolistas Davor Šuker, Mauro Silva, Fernando Hierro, Paolo Maldini y Didier Deschamps; y se fueron Martin Luther King, asesinado por la mano del odio, y los escritores y premios Nobel, Salvatore Quasimodo y John Steinbeck.

En 1968, renació por tercera vez el Madison Square Garden, heredero del escenario en el que brillaron Joe Louis y Sugar Ray Robinson, el lugar donde se celebraron muchas de las peleas más importantes de la historia, antes de que Don King y Bob Arum se llevaran el boxeo a Las Vegas. Allí, en el especial ambiente neoyorquino, el deporte de los puños construyó una leyenda que enamoró a Carlos Esquivel, admirador confeso de Byron, aquel genial cojo inglés que fue asiduo de los cuadriláteros y de los amores imposibles, antes de incluirse entre los supercompletos de la mejor literatura.

El año gregoriano de 1968 fue un antes y un después, y marcó el rumbo que tomaría el mundo en su carrera hacia el final del segundo Milenio de la era cristiana. Fue una época de revoluciones sociales y artísticas, de intelectuales en las calles y sus ideales hechos música, cine, literatura… Fue un tiempo de sueños de cambio, más que de cambios en sí, en el que la gigantesca caldera social que era la Europa de postguerra terminó por explotar en ciudades como Londres, París y Roma, columna vertebral de un continente por naturaleza convulso.

Así encontró al mundo Carlos Esquivel, futuro escribidor de historias que por el camino debió conocer una guerra verdadera, con amigos que se fueron para no volver y alguna bala enemiga en constante curso de colisión con los deseos de vivir que se tienen a los 19 años. “Mis primeros poemas nacieron en situaciones nada heroicas: en un dormitorio cuatro metros bajo tierra, en una guardia nocturna con un par de grados bajo cero, en un hospital de campaña, enfermo de todas las enfermedades del mundo”, rememoraría después el mismo hombre que, a su paso por la vida, se apasionó de manera irremediable por el deporte, acaso otra piel de una misma guerra interminable: el boxeo de hombres pobres que sobrevivieron a la hambruna y al frío con el duro oficio de recibir golpes; el béisbol de bateyes azucareros o suburbios bostonianos; el fútbol que nace en las favelas cariocas, las agrestes tierras de Cataluña, o en los modestos barrios rosarinos, de donde provienen Leo Messi y el flaco Menotti.

“Soy hijo de un pelotero que se quedó en tercera sin poder anotar la carrera que le diera trascendencia”, dijo alguna vez Carlos Esquivel, quien le dedicó sus versos a la pasión mayor de los cubanos en el imprescindible texto de 2008, Matando a los pieles rojas. Sin embargo, a estas alturas Carlos deberá reconocer que esa difícil frontera de noventa pies ha sido traspasada más de una vez por su obra, a la cual corresponden algunos de los buenos batazos que han salido de las letras contemporáneas cubanas, por mucho que su sempiterna inconformidad le exija siempre un poco más. “Comprendo que soy alguien con un compromiso demasiado profundo con todo (…) y por tanto siempre llevo una finitud arriba, una previsibilidad…”, afirmó Carlos en otra ocasión.

Paradójicamente, nada previsible parece haber en su literatura. Si acaso, alguna dosis de coherencia con aquella máxima de que cada hombre es hijo de su tiempo y sus circunstancias. Nacido en una era de cierto caos latente, de rebeldías e ideologías en constante construcción, el autor de Los Epigramas Malditos habrá heredado algunos jirones anárquicos, símbolos de la época y constantes en su obra.

Foto: Yaciel Peña de la Peña (ACN)

Foto: Yaciel Peña de la Peña (ACN)

Porque algo de anárquico, de transgresor debe haber en un poeta cubano que escribe un libro dedicado al fútbol, probablemente el primero de su tipo en la prolífica literatura nacional. Y más si sus musas andan bañadas por las lejanas aguas del Mediterráneo, entre las estremecedoras letras de Serrat y la exuberante arquitectura de Gaudí. Eso es Once, este pequeño milagro al que asistimos hoy, editado y bellamente presentado por Ediciones Unión: la encarnación en 60 poemas y 80 páginas de la pasión de Carlos Esquivel por el fútbol, un deporte al que ama en clave azulgrana con esa especie de obsesión febril que compartimos él y yo, y que, hasta el momento de escribir estas palabras, seguía sin antídoto conocido.

Once, este bosque de héroes culés, como lo definiera su autor, está hecho de la carne de la pierna diestra con la que el holandés Koeman estremeció Wembley, en el año de 1992, cuando su zapatazo postrero venció finalmente la enconada resistencia de los italianos de la Sampdoria. En sus páginas se respira la fe a toda prueba del brasileño Belletti en París, más poderosa que el Arsenal del francés Henry y del gigante Campbell. O la perfección casi lírica del Barça de Pep Guardiola, sublimador del fútbol-poesía, intérprete de un estilo que se convertiría en religión con dos incontestables victorias ante los Diablos Rojos de Manchester: la primera en la milenaria Roma; la segunda -serpiente azul y grana que se muerde la cola-, otra vez en Wembley, el templo mayor del fútbol mundial, escenario de lujo para beber en cuatro Copas de Europa.

Desde su pitazo inicial, Once es una cancha abierta a la remembranza. Sus primeros versos, titulados Iluminaciones, tienen algo de estremecedor, como esa sensación de tomar el primer balón del juego y clavarlo de un zurdazo en la escuadra rival, con la convicción de que al pasar la siguiente página llegarán muchos más.

Y ya sobre el césped de la historia blaugrana, el desfile es imparable, y en medio del tropel surge Lionel Messi (para Carlos coleccionador de los cuencos del gol), amamantado en la Masía junto a otra camada de chicuelos hambrientos, iniciados en el cruel ritual de destrozar esperanzas blancas. La poesía de Carlos Esquivel, más vertical que algún rondo interminable, no se olvida del renegado argentino di Stéfano, genio que trocó el reino azulgrana por el imperio blanco de Madrid y que abrió para siempre un cisma insalvable entre las dos cumbres de España. “No soy un hombre perfecto, / he admirado Dioses del Madrid…”, se leerá después en el poema Contragolpes.

En Once, a ratos, la grada se tiñe de albiceleste para resucitar el prodigio de Maradona y su gol del siglo y su Mano de Dios ante los ingleses, para preguntarse con Juan Villoro, de dónde surgen estos héroes capaces de servirse de la mano divina.

Más allá, en ese mismo escenario que quizás se llame Nou Camp y albergue 100 mil almas fervorosas, puede verse a Cruyff conversando con Dios: dos capitanes que intercambian camisetas sudadas, después de 90 minutos de jugar a deslumbrarlos a todos.

Todo esto es Once, un libro que alcanza para recordar al verdadero genio tras la alargada sombra del soberbio Pelé: a Garrincha, aquel “ángel de las piernas tuertas”, como lo definiera para siempre Vinicius de Moraes.

Once es un partido que irremediablemente habrá que jugar, que no admite empates y que, en todo caso, terminará en la instancia extrema de las penas máximas, allí donde queda únicamente el portero y su miedo al penalti, en el lugar exacto donde reconozco al Carlos Esquivel portero de universidad, al muchacho que soñó con el anonimato estoico del cancerbero. Como si a él estuviera dedicado, el Premio Nobel de Literatura, el alemán Günter Grass, escribió en su poema Estadio nocturno: Lentamente ascendió el balón en el cielo. / Entonces se vio que estaban llenas las tribunas. / Habían dejado solo al poeta bajo el arco, / Pero el árbitro pitó: Fuera de juego.

En ese mismo compás de espera, en esos segundos cruciales que pueden parecer siglos, solo en la custodia de su arco anda ahora mismo el poeta cubano que se atreve a cantarle al fútbol. Ha iniciado un partido que, desde el momento en que nos asomamos a las páginas de Once, todos comenzamos a jugar.

De pie bajo los tres palos está Carlos Esquivel. “Esperar es, ahora mismo, la manera que yo tengo de acercarme al futuro”, dice el poeta y se autodefine;  aunque quizás no sea más que una provocación abierta para que arranquemos en contragolpe y, mientras nos acercamos al guardameta que espera, disfrutemos a plenitud 90 minutos de inquietante poseía.

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