Nuevo rey en Brasil: el tiki-taken alemán o Argentina a la italiana


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Tony Kross y Javier Mascherano han sido claves en el viaje de sus equipos a la final.

“Tristeza não tem fim. Felicidade sim”. La tristeza no tiene fin, la felicidad sí… El dolor podía palparse en el grafiti que acompañaba la soledad de una de las calles cercanas al estadio Mineirao, en Belo Horizonte. En la noche más triste que recuerden los brasileños, después de que Alemania les arrebatara el “jogo bonito” y les propinara una increíble paliza de 7-1 en las semifinales de su Mundial, las calles del Gigante Sudamericano estaban semivacías, al margen de alguna que otra reyerta preñada de frustración o de la eterna fiesta que celebran los circuitos de la farándula en las grandes urbes.

Pero hacia el corazón brasilero, favela adentro, allí donde la pelota rueda enfangada en los pies descalzos de los futuros Pelé, Ronaldo o Neymar, el dolor puede aún respirarse y con toda seguridad no bastará el paso de muchas décadas para mitigar la vergüenza de una catástrofe de proporciones incalculables. “El Maracanazo fue una broma al lado del 1-7 encajado por Brasil ante una Alemania que le hizo morir de una sobredosis de realidad. Mucho tendrá que ganar para que en algún siglo venidero la torcida encuentre consuelo. La Canarinha no perdió una semifinal, padeció un calvario descomunal, una hecatombe en toda regla. Perder es otra cosa”, decía la prensa española.

En la Copa Mundial de las sorpresas, de Costa Rica en cuartos de final solo eliminada en penales por Holanda, de la estrepitosa y prematura abdicación del trono español, de tres campeones del mundo diciendo adiós en la fase de grupos, de la insospechada explosión del colombiano James Rodríguez como figura principal; en la Copa de los porteros y las prórrogas de infarto, el ajusticiamiento de un anfitrión que hace más de dos décadas hizo a un lado su esencia será sin dudas la postal más recordada. La aniquilación de Brasil marca un antes y un después e, incluso, influyó sobremanera en el otro choque semifinal.

Porque el Argentina-Holanda, con Messi y Robben convocados a un duelo espectacular, fue finalmente el partido del miedo, sabedores unos y otros de que un gol tempranero les podría exponer a un escarnio semejante al que había sufrido solo unas horas antes la selección de Felipão. De modo que albicelestes y naranjas se olvidaron por 120 minutos de Cruyff y Maradona para jugar a no perder y terminaron apostando a una ruleta rusa en la que Holanda engrosó su leyenda de eterna aspirante y Argentina regresó a una final 24 años después.

Ahora, con 62 partidos efectuados y apenas dos pendientes, las perspectivas parecen muy diferentes. Brasil y Holanda se enfrentarán este sábado en el encuentro más aborrecido de todos, con el único aliciente de que casi siempre son batallas abiertas, llenas de goles y libres de ataduras tácticas.

En el otro, el bueno, Alemania tendrá que demostrar que no es el equipo bipolar visto hasta ahora, pues la misma maquinaria teutona que destrozó a Portugal (4-0) y humilló a Brasil (7-1), apenas pudo rescatar un empate ante Ghana (2-2) y superó por ventaja mínima a Estados Unidos (1-0), Argelia (2-1) y Francia (1-0). Con Miroslav Klose convertido en nuevo rey del gol en mundiales (16) y de la mano de futbolistas todoterreno como Tony Kross, Sami Khedira o Thomas Müller (10 perforaciones en dos Copas del Mundo), y en caso necesario resguardada por un portero espectacular como Manu Neuer, la Mannschaft saldrá favorita indiscutible si consigue mostrar su mejor versión.

En el campo contrario, más allá del talento inagotable de Lionel Messi y la probable presencia del incansable Ángel di María, Argentina saldrá como el bloque que se ha ido solidificando jornada tras jornada, comandado por un guerrero como Javier Mascherano. Las previsibles carencias de su línea defensiva no han sido tales (hasta Sergio Romero ha sido figura más de una vez) y de hecho la zaga ha tenido mucho que ver con su presencia en la final. Sin embargo, la escasa creatividad de un mediocampo huérfano del talento que rodeó en otra época a Maradona, ha dejado a Messi casi siempre solo ante las defensas rivales, simplificando una labor que ha terminado por ser relativamente sencilla para equipos de cierto orden atrás, como Suiza, Bélgica o el propio Holanda. Solo ocho goles en seis partidos hablan con claridad de que su temida delantera ha quedado lejos de lo que prometía.

Así, la vigésima edición de la Copa Mundial tendrá su desenlace este domingo, con dos gigantes en busca de la gloria. Para los alemanes, podría ser su cuarta corona y el premio a un trabajo de años que ha resultado en lo que algunos llaman ya el “tiki-taken”, sucesor por derecho propio del “tiqui-taca” que encumbró a España. Para Argentina, sería su tercera estrella en el pecho, la consagración de Lionel Messi entre los dioses del fútbol y la confirmación de que estas copas jugadas acá, a “la izquierda del planeta”, solo ven alzar el codiciado trofeo a los nacidos en esta vasta cancha que se llama América.

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