Messi e Iniesta saquean el santuario blanco


messi-iniestaAcostumbrados como estamos a ver cada semana al Barcelona de guantes de seda e hipnóticos rondos interminables, a no pocos nos sorprendió la versión culé que asida al desafuero destrozó este domingo el santuario blanco, el bastión en el que pretendía finiquitar la Liga un equipo que acumulaba 31 partidos sin conocer la derrota.

Alejada de la filosofía que impuso Pep Guardiola sobre la base de la sobriedad y el talento, la expedición culé desembarcó en Chamartín con el puñal entre los dientes y el pecho descubierto, dispuesta a morir matando, sabedora de que un instante de duda significaba la derrota automática, la pérdida de la Liga y, probablemente, un mazazo de consecuencias imprevisibles para sus aspiraciones en Copa y Champions. De modo que la idea era saquear sin piedad la aldea merengue, donde el optimismo se respiraba a pleno pulmón y campeones de la talla de Cristiano Ronaldo y Gareth Bale esperaban enfundados en sus armaduras doradas, con sobrada confianza, el asalto rival.

Pero era día propicio para lo impensable y la nave vikinga por una vez no izó velamen blanco, sino blaugrana, y el primer grito terrible que precede al degüello y al desenfreno salió de la casi inocua garganta de Andrés Iniesta. El número ocho del Barça, pálido de tez pero siempre colorido, exuberante en materia de juego, fue efectivamente una suerte de fantasma, invisible para la zaga local, despiadadamente mortal en un incesante levitar que hizo trizas una y otra vez las líneas madridistas. El hombre que marcó un gol de leyenda en la inolvidable semifinal de la Champions 2009 ante el Chelsea; el futbolista que pasó a la historia por su bombazo de pierna derecha ante los holandeses en la final del único Mundial ganado por España, sumó una muesca más a su particular cuenta de hazañas, esta vez con un remate imposible de pierna izquierda que convirtió en estatua a Diego López y abrió la cuenta del clásico más espectacular en muchos años.

Era el minuto siete cuando su disparo encontró una escama levantada en la coraza madridista. Era el instante preciso del juego en el que la afición blanca recuerda semana tras semana, año tras año a su querido Juanito, una especie de síntesis del espíritu guerrero, del ADN de matador que les ha enorgullecido por décadas. El célebre “illa, illa, illa, Juanito maravilla” apenas se pudo escuchar esta vez, pues en una esquina de la cancha celebraba el Barça alrededor de Andrés y en un rincón del graderío 500 seguidores blaugranas rompían el silencio sepulcral del Santiago Bernabéu.

La salvaje irrupción de los invasores catalanes se había propuesto arrasar primero con las deidades locales, por aquello de quebrar la fe del enemigo en un primer golpe demoledor, aprovechando la inexplicable ausencia del único santo que podía obrar milagros en la puerta contraria. Y aunque dos caballeros de jerarquía menor en la aristocracia blanca, como Di María y Benzemá sostuvieron por un buen rato el estandarte de los sitiados, lo cierto es que la suerte estaba echada desde el momento en el que Iniesta había robado el alma local, la esencia misma de las remontadas mágicas que ha convertido al coliseo blanco en plaza temida. Guerrero ancestral, Andrés arrancó de cuajo el cuero cabelludo de su víctima y en él tatuó el destino de una batalla en la que su equipo remontó dos veces, enseñando que puede también abandonar la esgrima y pelear golpe a golpe hasta ver caer al rival.

messi1_24032014Del resto se encargaría Messi, el mejor del mundo, el formidable mortal que todos los días atormenta a los dioses del fútbol, ya nunca más tranquilos sobre un pedestal que su endiablada zurda se empeña en estremecer de vez en vez. El 10 más grande de todos los tiempos derribó lo que quedaba del altar merengue, primero superando a la Saeta Blanca, al gran Alfredo Di Stéfano, ese compatriota suyo que pudo agigantarse en el Barça pero terminó por escribir la más rica historia del primer equipo de la capital española. Con 18 perforaciones, el patriarca del madridismo moderno fue hasta este domingo el máximo anotador en clásicos, pero ya no más, pues las tres dianas de Leo le permitieron completar 21 anotaciones en los duelos más importantes de cada temporada.

Desmontada con su primer tanto al minuto 42 la legendaria figura de Di Stéfano y su latigo torturador del orgullo blaugrana, Messi fijó el siguiente objetivo en el mexicano Hugo Sánchez, cinco veces Pichichi y hasta este domingo el segundo máximo anotador en la Liga de España, con 234 goles. Después de enviar un pase de película para la corrida de Neymar que terminaría con penalti y expulsión de Sergio Ramos, el genio rosarino se fue con calma a cobrar la presa: punto penal, mirada asesina, golpeo exquisito y gol, su número 235 en Primera División; empate 3-3, renacer de la esperanza culé y otro zarpazo a la historia merengue.

El 236 llegaría a escasos minutos del final, otra vez desde los 11 metros, era el definitivo 3-4 y serviría para mantener viva una Liga que se muda momentáneamente al otro extremo de Madrid. Mientras, la leyenda del 10 sigue creciendo y el Barça se niega a cerrar su ciclo, colgado de las botas de Messi e Iniesta, dos conquistadores de frac que este domingo dejaron aflorar la bestia que llevan dentro.

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