El síndrome del patico feo


villa-clara

Foto: Ricardo López Hevia

De todos los sinsabores que ha dejado para Cuba la Serie del Caribe 2014, el que se me antoja más simbólico, por doloroso y revelador, es un fenómeno inédito para el béisbol nacional que bien podría llamarse el “síndrome del patico feo”. Porque esta vez no se trata de haber perdido una final después de una épica lucha ante verdaderos gigantes, como en el I Clásico Mundial; ni siquiera de sufrir tres derrotas frente al excelente equipo de Holanda, como en la última versión de la máxima cita del béisbol internacional.

Ahora, después de vagar a la deriva por casi una década, nuestra pelota parece haber tocado fondo: por primera vez en la historia (al menos en la que he podido consultar), un equipo cubano de cualquier categoría culmina último un torneo. Por primera ocasión hemos sido el invitado pobre, el alumno menos aventajado de una clase que nos recibió con sonrisas y palmaditas condescendientes, sabedora de su manifiesta superioridad.

Ya no es cosa de armar un debate nacional por no poder noquear a elencos europeos, o de prender las alarmas por quedarnos al borde de la eliminación ante un equipo como Brasil en el último Campeonato Mundial que organizamos. Todo eso pertenece a un pasado cada vez más remoto, porque la triste realidad es que el mejor representante del Viejo Continente, el conjunto de Holanda, nos ha demostrado demasiadas oportunidades consecutivas que es mejor; porque el deprimente día a día de nuestro béisbol es que asistimos al III Clásico Mundial con la incertidumbre de si podríamos derrotar a los brasileños.

Al margen de un sinnúmero de lecciones que nos ha dejado el batacazo de la Serie del Caribe, más allá de los análisis que ojalá sean lo profundos y serios que exigen las circunstancias, lo que verdaderamente necesita ser recuperado cuanto antes es el orgullo de la nación, la autoestima de los cubanos y su confianza en un deporte que hace mucho tiempo se convirtió en identidad.

Para conseguir tamaño propósito, no bastará ya que algunos entonen un inocuo mea culpa y retengan sus prebendas a costa de la felicidad de millones, o que otros hagan acopio de todo el chovinismo acumulado a lo largo de décadas de autocomplacencia, solo para esconder las carencias de nuestro béisbol. Un giro de 180 grados en la manera de pensar la pelota nacional es la única salida para que de lo grotesco resurja el cisne que una vez fue la pasión mayor de los cubanos.

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