La pasión se queda sin voz


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La Dirección Nacional de Béisbol, en su más reciente circular, ha cercenado la voz de la pasión, ha condenado al silencio a los estadios y, de paso, ha arremetido contra una institución de la cultura cubana.

Desde este miércoles, quedó prohibido que el sonido inconfundible de la conga acompañe el desarrollo de los juegos. La sonoridad que por décadas convirtió en verdaderos infiernos para los rivales a parques como el Guillermón Moncada o el Julio Antonio Mella ha sido excluida de un espectáculo que ya era pobre en materia de colorido para la afición.

El tradicional toque de tambores se remonta a la etapa colonial, cuando los esclavos lo impregnaron de un matiz de rebeldía que terminó por definirnos como nación. La fuerza de su ritmo era la contraparte perfecta a los estirados bailes de salón burgueses de la época, el mismo disfraz que le quieren imponer ahora a lo más auténtico de nuestra identidad.

 

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