El inning de la mala suerte


yudiel_rodríguez

Foto: István Ojeda Bello

Durante años crecí pensando que el séptimo episodio de cada juego de pelota tenía algo de mágico. Desde las ondas de la radio, los narradores anunciaban el “inning de la suerte” y ya sabía que algo decisivo estaba a punto de suceder. Era siempre un momento especial dentro del mundo de fantasía que construí alrededor del deporte nacional, en la época en que me adelantaba al futuro y llevaba en cuanto trozo de papel se pusiera a mi alcance apuntes, estadísticas y resultados del béisbol de cualquier nivel.

Sin embargo, con el paso del tiempo llegué a la conclusión de que, si bien el juego de pelota era, efectivamente, un manojo de asombros que deslumbraba a millones de cubanos, el hecho comprobado de que la séptima entrada fuera tan afortunada para los bateadores era una cuestión mucho más práctica, científica podría decirse. Sencillamente, a esas alturas los lanzadores abridores comenzaban a dar muestras de agotamiento y eran mejor aprovechados por la ofensiva rival.

Y aunque muchos otros mitos dentro del juego permanecen protegidos con celo en algún resquicio de mi imaginación, lo cierto es que las exigencias de la profesión obligan a ver desde la distancia las muchas alternativas del deporte más complejo que existe. En el mar de números, combinaciones y pequeños secretos que se develan en la medida que ver partidos se convierte en algo más que una necesidad, la cuestión del séptimo capítulo se me antoja paradigmática a la hora de evaluar la salud de la pelota cubana.

El término surgió en las Grandes Ligas de Estados Unidos allá por el año 1929 (lucky seven lo llamaron) y les sirvió de experiencia a los estrategas del béisbol más fuerte del mundo para perfeccionar y hacer más competitiva la añeja lid. Con los años, apareció la especialización del pitcheo y se comenzó a regular el trabajo de los abridores hasta más o menos el sexto episodio, antes de darle paso a los relevistas intermedios, a los pitchers preparadores y a los siempre espectaculares cerradores.

Pero en Cuba la historia ha sido distinta. En ocasiones por razones objetivas que tienen que ver con la pobreza de los staff; otras veces por cuestiones que se parecen más a la tozudez y la resistencia al cambio, al desarrollo. Lo cierto es que en pleno año 2013, la Serie Nacional continúa arrastrando como un grillete la regulación de 100 lanzamientos para los serpentineros en cada choque. Claro, las razones de quienes tomaron esa decisión no andan descaminadas, pues de no existir la prohibición se corre el riesgo de que los mentores resuciten las increíbles historias de hombres que tiraron juegos de hasta 19 entradas; o aquella aplaudida “hazaña” de Miguel Alfredo González en un Campeonato Mundial Universitario, cuando efectuó más de 150 envíos para ganar el duelo final ante Estados Unidos.

Por desgracia, al campeonato cubano lo aquejan muchas carencias de este tipo e imponer una filosofía hace mucho tiempo aceptada en el mundo se hace necesario aquí.

Sin ir más lejos, los Leñadores de Las Tunas debieron lidiar el fin de semana anterior con la disyuntiva, luego de que sus abridores flaquearan precisamente a la altura del séptimo capítulo. Primero, le sucedió a Ubisney Bermúdez, quien tras firmar una joya de pitcheo durante seis entradas, estuvo a punto de concretar en su primera oportunidad de la campaña la añorada victoria 100. Sin embargo, la suerte favoreció a las Avispas de Santiago de Cuba y la ventaja de 3×0 se esfumó junto con la centena de triunfos de Ubisney, luego de una pobre actuación del bulpén. Solo un día después, la historia se repitió, esta vez con el zurdo Yudiel Rodríguez como protagonista. El jobabense había permitido apenas tres jits y acumulaba ocho ponches en dos tercios de juego, pero nuevamente la fortuna le dio la espalda en el séptimo. En auxilio de la dirección del equipo acude el hecho de que Yudiel sumaba solo 74 lanzamientos cuando inició el inning que definiría el segundo revés tunero ante Santiago.

Para el Alto Mando de los Leñadores, la lección queda clara: el pitcheo tunero es ahora la principal fortaleza del equipo y debe ser utilizado con extrema prudencia y exactitud, para que cumpla con su función de tirar de un elenco que apenas ha bateado en los primeros compases de la temporada. Es más, las estadísticas facilitan la apuesta de Ángel Sosa por su cuerpo de bomberos: a los relevistas tuneros les batean 169 y lanzan para 1,66 carreras limpias, solo superados en ambos aspectos por los apagafuegos santiagueros.

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