El coloso desconocido del béisbol cubano (+ galería de fotos y audio)


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Eliécer Velázquez era un buen amigo. O al menos me gusta pensar que me consideraba como tal el hombre que supo esconder tras una montaña de sencillez algunos de los números más espectaculares y de las más increíbles hazañas de la historia del béisbol cubano.

Cuarenta y cinco años después de que debutara al más alto nivel con una asombrosa capacidad para tirar escones y strikes, Eliécer nos compartió sus muchas vivencias. Ahora que su luz se apagó en esta ciudad de Las Tunas, vale la pena recordarlas, pues sigue siendo casi un desconocido entre especialistas y aficionados de todo el país, quienes obvian que su corta incursión en nuestras Series Nacionales fue suficiente para perpetuarlo, por poseer el mejor control visto entre los más de dos mil lanzadores que han trabajado en las últimas seis décadas.

“El secreto del éxito de un lanzador es dar strikes, tener control y pensar; y organizarse en el pitcheo, si el pitcher no se organiza y no tiene una completa dedicación a lo que está haciendo, no puede llegar a triunfar. Por eso fue que yo hice tantas cosas: yo me concentraba mucho en el juego de pelota, en los atletas, en cómo bateaba cada uno. Y claro, lo que él conectaba, yo no se lo tiraba”, confesaba Eliécer, quien poseía la segunda mejor frecuencia de lechadas en el béisbol nacional: una cada 4,4 aperturas.

Escuche íntegramente esta entrevista

Su asombroso promedio de 2,01 carreras limpias por juego, lo sitúa como el onceno lanzador más efectivo de todos los tiempos, apuntalado por un hermético control, casi imposible de encontrar en el pitcheo zurdo cubano.

“Yo pienso que eso nació conmigo, porque a mí nadie se me acercó para decirme cómo tirar strikes, o cuándo estaba haciendo algo bien o mal… Estoy seguro de que mi control fue natural desde el principio, yo no me preparaba físicamente como otros muchachos, ni tenía la técnica que tenían algunos, pero ellos me decían que me envidiaban mi control. Y eso sí estuvo siempre conmigo, yo ponía la bola donde quería.”

bases por bolasEntre legendarias figuras del béisbol cubano, supo Eliécer Velázquez construir también su historia, codo a codo con hombres que son hoy íconos de nuestra pelota revolucionaria: Agustín Marquetti, Santiago “Changa” Mederos, Miguel Cuevas, José Antonio Huelga, Braudilio Vinent…

“Las relaciones de Vinent conmigo fueron muy buenas. Nosotros empezamos casi al mismo tiempo. Él me ayudó mucho y cuando todavía no confiaban en mí, se acercó al manager, Roberto Ledo, y le dijo: ‘Pon a Eliécer, que él tiene control, es inteligente y nos puede ayudar’. Y yo creo que no le fallé, porque desde que me dieron un chance, estuve entre los primeros todos los años.”

“Más del 50 por ciento de sus victorias, 13 de 24, fueron lechadas”

“De esa época y con esos peloteros tengo muchas anécdotas. Una tarde, jugando contra Granjeros en Morón, con las bases llenas viene Cuevas a batear. El director de nosotros vino al box y me dijo que le tirara curva, pero yo le dije: ‘No, yo tengo algo mejor, vamos a tirarle tres rectas, tres lisas y que Dios nos ayude’. Él no quedó muy convencido, pero me dio confianza y yo toqué madera antes de hacer aquella locura. La primera fue recta por fuera y no le tiró, porque yo sabía que él no se apuraba. Después le tiré recta por dentro y lo sorprendí. Él me miró y se sonrió, loco por darme un batazo. Y ahí fue que acabé de sacarlo de paso: le tiré lisa al medio y lo ponché. Cuando se acabó el inning, vino y me dijo: ‘Te voy a anotar en el libro de la historia, eso a mí no me lo hace nadie’. Lo que pasa es que Cuevas era un gran bateador de curvas y por eso no se las enseñé. Le serví tres rectas y no le tiró a ninguna”.

Una de sus más grandes hazañas fue lanzar durante 18,1 entradas frente a Azucareros, en un duelo que tuvo que compartir con Gaspar Legón y José Antonio Huelga. Dos grandes del montículo unidos contra Eliécer Velázquez.

“En el primer lanzamiento del juego, Juan Díaz me dio jonrón por el left field. Yo creo que ese descuido me hizo concentrarme más, además del rival, que era un gran equipo y eso siempre me motivaba más. Y así comenzaron a pasar los innings, hasta que en el octavo hicimos una carrera y empatamos. Ese día calentó casi todo el staff, porque pasaban las horas y a cada rato me preguntaban si estaba cansado, pero yo veía del otro lado a Legón y a Huelga y seguía firme ahí. Ya en el inning 19 no podía más, me tocaron la bola, tiré mal a primera y por ahí llegó la victoria de ellos. Terminé muerto, aunque todavía me siento muy orgulloso de haber dado aquella pelea contra Legón y, sobre todo frente a Huelga, que ha sido uno de los 10 pitchers más grandes de esta pelota.”

El 3 de febrero de 1972, Eliécer comenzaba a hacer historia, cuando inició una cadena de ceros que se extendería hasta 44, en medio de una racha victoriosa de su equipo, Mineros, que llegaría a 27, récord vigente aún y en la cual él aportó cinco éxitos.

“Yo me sorprendí. La primera y la segunda lechadas consecutivas las lancé sin darme cuenta de lo que hacía, sin pensar en ninguna marca. Cuando ya tiro la tercera, que fue un domingo en Guantánamo, me dice el estadístico que tenía 27 escones seguidos y podía llegar a los 41 de Manuel Hurtado, la marca de entonces. Ya en ese momento le puse interés y me concentré más en cada salida. Yo casi no me lo creía, pero llegué a los 41 de Manolito en el sexto inning y cuando rompí el récord en el séptimo algunos aficionados pensaron que se había acabado el juego, porque salieron todos mis compañeros corriendo a felicitarme y la pizarra se apagó y todo. Ese mismo día llegué a los 44 ceros.”

lechadasDurante siete Series Nacionales con elencos orientales, le batearon solo para 210; en un total de 407,1 entradas, apenas regaló 61 boletos. Los números hablan a las claras de la valía de Eliécer y lo convierten en el lanzador con mejor control en la historia del béisbol cubano, pero no fueron suficientes para llevarlo nunca a vestir el uniforme del equipo Cuba.

“Los tiempos en los que yo jugaba pelota eran épocas difíciles. No se salía mucho fuera del país, se hacía un solo equipo nacional y las preparaciones eran muy cortas. Era muy complicado, éramos de acá de Oriente, pasábamos tremendo trabajo para entrenar y a veces no se nos veía igual que a otros. Al final, nunca pude hacer un equipo Cuba, no porque no tuviera calidad, yo pienso que si hacía todo lo que hice era que algo tenía… pero realmente tuve mala suerte. Algunos nacemos con mala suerte y eso me persiguió a mí siempre.”

Cuatro décadas después de abandonar el bullicio de los estadios, a Eliécer se le veía habitualmente en el estadio Julio Antonio Mella, donde miraba con ojo crítico cómo se forman los jóvenes lanzadores tuneros.

“Lo primero que tiene que hacer un lanzador es organizarse, si no, no hay forma de llegar lejos. Porque cuando usted se organiza y aprende a pitchear, usted aprende a ganar. Pero hay que tener control para eso y disposición, mucha disposición. Yo siempre tuve muy claro que lanzar es un arte, que exige dedicación y respeto al pueblo. Entre mejor usted lo haga, más lo querrán, más le van a aplaudir y a estimarlo.”

“Durante siete Series Nacionales con elencos orientales, le batearon solo para 210; en un total de 407,1 entradas, apenas regaló 61 boletos”

Autor de records impresionantes y de una corta pero espectacular carrera en nuestras Series Nacionales, Eliécer Velázquez terminó sus días donde quiso: en la ciudad que a menudo le prodigaba su respeto, haciendo gala de una memoria que se resiste a relegarlo al olvido.

“Yo le agradezco mucho a este pueblo, que todavía me quiere y que me ayudó cuando empezaba y después de ser ya un pitcher establecido. También le debo mucho al pueblo de Santiago de Cuba, porque llegué allí muy joven y fue allá donde terminé, donde me despedí de la pelota. Pero mi corazón está aquí, en Las Tunas. Aquí nací y aquí me voy a morir, orgulloso de ser tunero.”

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