Coger el paso


CORBATA HORCALlevan como un tatuaje la marca indeleble del tiempo perdido y en sus ojos un cansancio como de siglos. Se encargan con lamentable eficacia de poner generosas dosis de frío en el ardor juvenil de quienes comienzan sus pasos soñando con lo imposible, esa fórmula infalible para conseguir lo grande.

Son especímenes cada vez más extendidos en la sociedad, mutantes de la desidia, camaleones que cambian de criterio como si de colores de piel se tratara, mientras se aclimatan al hábitat inocuo y sombrío que solo pueden crear buroes y acondicionadores de aire, porque el ajetreo de la vida en la calle ha terminado por horrorizarles.

Son los mismos que alguna vez han mirado de soslayo el talento de los que llegan y se han olvidado con facilidad pasmosa del suyo propio, más pendientes de poner una zancadilla o de coartar la imaginación ajena, que de rescatar la ganas de vivir y hacer, enterradas en algún recodo del camino.

Sin percartarse de que apenas unos pocos años les separan de estos seres irreverentes, culpables confesos de querer cambiarlo todo, se han detenido a contemplar el dudoso tesoro en el que se convirtió su pasado, mientras realizan inventario de reconocimientos y diplomas ya amarillentos, que les devuelven sensaciones ahora remotas. El panteón de unos méritos definitivamente caídos en el combate de la indolencia, acoge los restos de aquellas miradas de admiración que alguna vez despertaron en los otros, o del saludo respetuoso de quienes un día les asumieron como modelo a seguir.

Así, en tanto se preguntan de qué manera el futuro que soñaran se trocó en un pasado irremediablemente perdido, esos sepultureros del riesgo y la aventura siguen atrincherados en la seguridad que les da saltar siempre con red.

Con palmaditas indulgentes reciben el entusiasmo de los jóvenes, cuando estos pretenden transformar la oficina, la fábrica, la empresa o el mundo todo si los dejan. Con una sonrisa paternal repiten entonces como un mantra su lapidaria sentencia: “No te apures, tú coges el paso”… Lo dicen y se regodean, asumiendo desde su experiencia que el recién llegado se rebelará una y otra vez, pero terminará aplastado por la fuerza gravitacional de la desazón y la rutina.

Por fortuna, cada minuto que pierden quienes se convirtieron en dinosaurios y son ahora paladines del inmovilismo, es otro instante de optimismo y convicción para los muchos que han decidido no ceder. Hace millones de años esos gigantescos reptiles reinaron sobre la tierra, pero el paso inexorable del tiempo se ha encargado de borrarlos para siempre.

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