Octubre a la luz de Leonardo (+ vídeo)


leonardo-MAntes de emprender un viaje del que no le dejarían regresar, Leonardo Enrique Mckenzie Grant había anunciado a la familia su intención de casarse. Su futura esposa sería la camagüeyana Milagros Peláez, igualmente floretista del equipo nacional, y responsable de que aquel muchacho inquieto y un poco díscolo, nacido 22 años atrás en Santiago de Cuba, pero tunero por convicción,  decidiera sumar un amor más a su vida, para colocarla al lado de la pasión que sentía por la esgrima y junto al cariño enorme que le prodigaba a su gente.

Así lo cuenta Nivia Luz Moreno-Aurioles Roselló, quien prefiere imaginarlos viajando uno al lado del otro, cuando a las 12:23 y a las 12:27 de la tarde de aquel miércoles, 6 de octubre de 1976, dos explosiones precipitaron al mar, frente a las costas de Barbados, al DC-8 de Cubana de Aviación que realizaba el vuelo CU-455 entre el aeropuerto guyanés de Timehri y La Habana, con 73 personas a bordo.

Treinta y cinco años después del crimen, la emoción se asoma aún al rostro de esta tunera de hablar pausado y verbo elocuente, mientras confiesa que la cercanía con la familia Mckenzie y las muchas interrogantes que encontró alrededor de la vida de Leonardo al comenzar a laborar como especialista del Memorial Mártires de Barbados, la condujeron a investigar y acercarse a su lado más humano.

Una memoria que lacera

“Recuerdo que estábamos en la Escuela al Campo y escuchamos en un radio VEF la noticia del atentado. Durante toda la semana nos aferramos a la idea de que no fuera cierta, hasta que el domingo nuestro padres nos la confirmaron”, dice Nivia y no puede evitar que se quiebre un poco su voz, remontada más de tres décadas en un tiempo que definitivamente no ha podido borrar las huellas del más alevoso golpe sufrido jamás por el pueblo cubano.

“Su futura esposa sería la camagüeyana Milagros Peláez, igualmente floretista del equipo nacional…”

Graduada en 1985 de la Licenciatura en Historia y Ciencias Sociales, ha dedicado muchos años a rescatar y cuidar la memoria histórica de Las Tunas, en diversas instituciones museológicas de la provincia.

“En un principio no me gustaba la idea de ir a trabajar al Memorial Mártires de Barbados, pues hay demasiada tristeza alrededor de la historia de estos dos muchachos tan jóvenes”. Sin embargo, vencida su indecisión, Nivia terminaría por dedicar cinco años de trabajo a la investigación, particularmente a la vida de Mckenzie, para acercarnos un poco más al joven alegre, bailador y eternamente enamorado que fue.

nivia

Las palabras de Nivia se cortan una y otra vez por la emoción, mientras nos acerca al joven alegre y bailador que fue Leonardo. / Foto: Ernesto Peña Leyva

“En ese tiempo tuve la oportunidad de conversar mucho con varios miembros de la familia, en especial con su hermana Ana María y su cuñado Armando Valladares, quienes viven aún en La Habana”, afirma Nivia, mientras devela pequeñas historias que hasta hace muy poco eran patrimonio exclusivo de la familia Mckenzie: “Cuenta Ana María que debió aprender a coser para poder arreglarle la ropa a Leonardo, pues su cuerpo se había transformado con la práctica de la esgrima y casi ninguna pieza le quedaba bien”. Eran tiempos en que él formaba parte de la ESPA nacional y por entonces la casa de su hermana, en la calle 124 de Marianao, alternaría las veces de pequeño taller e improvisado restaurant, pues Leonardo llevaba también las prendas de sus compañeros en el Equipo Nacional, que la mayoría de la veces llegaban acompañadas de sus dueños.

“Esta misma generosidad – abunda Nivia –, fue la que lo movía a regalarle alguna ropa a los hijos de una vecina de difícil condición económica. Lo hacía al regreso de cada uno de sus frecuentes viajes al exterior, aunque de esta historia solo supo Ana María tiempo después de su muerte: la modestia de Leonardo le impedía comentarlo”.

Mientras conversa con soltura y desgrana, uno tras otro, pasajes de la corta vida de Leonardo; Nivia encuentra entre viejos documentos de dispar factura y antigüedad, una copia de la foto en la que el tercero de los hermanos Mckenzie es bautizado. “Detrás de esa foto y de ese bautizo hay una historia que nos ilustra un poco acerca de su personalidad. Resulta que Leonardo era un niño muy inquieto, podría decirse que hiperactivo, y como sus padres tenían ya una edad bastante avanzada, alguien les sugirió que lo enviaran a la Escuela Dominical. Por eso recibe su primera comunión y el bautizo en una iglesia de Marianao”.

“Esta misma generosidad – abunda Nivia –, fue la que lo movía a regalarle alguna ropa a los hijos de una vecina de difícil condición económica”

Esa constante inquietud le acompañaría siempre y su hiperactividad se canalizaría hacia la práctica del deporte, que terminaría convirtiéndolo en uno de los líderes del equipo cubano de Florete, ganador de la medalla de oro en el IV Campeonato Centroamericano y del Caribe de Esgrima, efectuado en Venezuela, apenas horas antes de que su vida quedara truncada por la barbarie.

El dolor se multiplica

Cuentan que, al partir, Leonardo McKenzie olvidó el acostumbrado beso de despedida en la mejilla de su madre. Regalarle la medalla de oro y colmarla de besos habrá sido seguramente su más ansiado deseo durante los días de la competencia.

Sin embargo, solo de lágrimas conocería aquel rostro desde el infausto 6 de octubre de 1976. Para Nivia, quien ha estado muy cerca de varios de los familiares, “más de tres décadas después el dolor sigue muy presente. Les lacera, sobre todo, no poder sepultar a sus seres queridos; y se duelen de imaginar una muerte tan violenta, en momentos que debieron ser de total desesperación”.

Lo dice otra vez emocionada y las imágenes se antojan tan dramáticas como debieron ser, con la cabina de pasajeros inundada por el humo de la primera explosión, el pánico ante la pérdida de altura de la nave y los pilotos intentando controlarla, de vuelta a Barbados. Después, en una horrible secuencia, con las costas barbadenses a la vista, un segundo y demoledor golpe: la detonación secundaria estallaba en los baños traseros. El capitán sentiría la terrible sacudida del timón, antes de tomar una última y admirable decisión: girarlo hacia un lado, para que aquella gigantesca mole encendida no cayera sobre los hoteles de la playa.

“Les lacera, sobre todo, no poder sepultar a sus seres queridos; y se duelen de imaginar una muerte tan violenta, en momentos que debieron ser de total desesperación”

El dolor, multiplicado, embargó a todo un país. Ninguna de las familias directamente afectadas volvería a ser la misma después de aquel octubre y Leonardo no sabría nunca de la muerte de su abuelo –la víctima número 74 del vil atentado–, impactado por la noticia de que su nieto no estaría más.

“En todos estos años, no hemos dejado de sentir aquellas inexplicables muertes. Y la indignación se hace todavía mayor al saber que los asesinos siguen libres, con la total complicidad del gobierno de Estados Unidos”, expresa, por último, Nivia, al tiempo que organiza con cuidado un mar de pequeños apuntes, recortes de viejos periódicos y fotografías, donde guarda con esmero la historia de Leonardo, el joven tunero que regresa cada octubre en las aguas del Caribe, para encontrar siempre alguna mejilla que besar.

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