De la guagua y otros demonios


guaguas1A pesar de que dos cubanos tan geniales como José Lezama Lima y Héctor Zumbado no pasaron de largo ante su inagotable presencia cotidiana, las guaguas en Cuba siguen siendo un enigmático adorno del folclor criollo. De hecho, los muchos estudiosos de nuestra realidad las han obviado olímpicamente, mientras buscan en sitios menos propicios alguna fuente válida de información sobre esa especie de entrañas de la nación que ellos prefieren definir como cubanía.

En su ir y venir diario por las mismas rutas tediosas de la ciudad, las guaguas engullen y expulsan a miles de pasajeros, ajenas a la prosa lezamiana que, allá por octubre de 1949, las definiera como “uno de esos increíbles disfraces que asume el Maligno”; o impertérritas frente al rancio humor de H. Zumbado, quien las tildara de “monstruo rugiente con patas de caucho”, antes de afirmar que abordarlas es algo solo comparable con “desafiar al destino”.

Porque las guaguas son una parte fundamental en el día a día del cubano de a pie y su omnipresencia quizás esté relacionada con algún sentimiento maternal, después de llevar en sus hinchadas panzas a millones de viajeros que por años las hemos maldecido una y otra vez en su ausencia, solo para bendecir sin transición sus arrugados rostros cargados de reminiscencias rusas, o los resplandecientes colores que recuerdan la modernidad asiática, en el feliz instante en que aparecen.

El significado de su nombre se hace indescifrable para quienes visitan la Isla, aunque resulta que ni siquiera los lugareños mejor enterados se explican de dónde salió el término y se hace necesario apelar entonces al saber acumulado para elucubrar teorías: mientras algunos sitúan la raíz del calificativo en la compañía estadounidense Wa & Wa Co. Inc. (Washington, Walton and Company Incorporated), que fue la primera fábrica en exportar autobuses a la isla; otros remiten al vocablo inglés waggon (carruaje), como llamaron durante la primera mitad del pasado siglo, en Estados Unidos, a un automóvil mediano que se empleó para el transporte gratuito de personas.

De modo que, en medio de sus insospechados misterios, la guagua rueda imperturbable por las calles de la ciudad y, en su interior, un microcosmos en el que muchas veces usted habrá flotado, rodado o sobrevivido como mejor haya podido. Es una tribuna móvil cargada de improvisados oradores, amparados por la dinámica de un auditorio siempre cambiante. Allí, en medio del torbellino y protegido por esa especie de máscara a cara descubierta, el más tímido se arma a menudo de valor y dice un piropo; o el hermético por excelencia ensaya una confesión a fondo que pone a todos al tanto de sus más profundas frustraciones. La gente se abre al mundo en el regazo de la guagua y muchos de los más ricos debates acerca de la Cuba de hoy, se mueven a diario sobre ruedas por las arterias de nuestras ciudades.

“Es la guagua: no os asombréis de nada”, diría el poeta Navarro Luna si quedara atrapado dentro de alguna abarrotada ruta 7 en pleno mediodía tunero. Por eso, y aunque ciertamente las temperaturas que priman en su interior chamuscarían cualquier atisbo de poesía con el que quisiéramos relacionarlas, sigo sin comprender a los que las utilizan para iniciar con alguna desagradable pelea el día; o a los que de tanto “amarlas” insisten en llevárselas a casa, un fragmento por vez.

En definitiva, la guagua seguirá siendo parte inseparable de nuestro paisaje, así que acéptelo: usted volverá a blasfemar, invocando su nombre; pero respirará otra vez aliviado cuando su aparición le devuelva una imperceptible sonrisa.

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