Gordo y el premio flaco


juan-miguel-gordo-las-tunasLa polémica desatada en los últimos días por la tercera expulsión en la temporada del mentor Juan Miguel Gordo, ha levantado todo tipo de especulaciones y ha mantenido en vilo a la afición tunera, a la espera de una decisión que podría afectar drásticamente el destino de los Leñadores en lo que resta de la presente Serie Nacional.

Sucede que la irrupción del excapitán de equipos Las Tunas, con su filosofía del “juego chiquito”, basado en el toque de bola, el robo de bases y la emboscada como constante estrategia en su particular “guerra de guerrillas”; ha generado expectativas nunca antes experimentadas por los seguidores de un conjunto que en apenas dos ocasiones ha estado en la fiesta de los play off.

Por eso, a estas alturas Gordo debería saber cuán importante es para el equipo y cuánto ha llegado a quererle una afición profundamente inteligente y conocedora, capaz de valorar en su justa medida el aporte de un hombre que está consiguiendo hacer jugar bien a un elenco acostumbrado por años a depender casi exclusivamente del batazo.

Porque desde el momento en el que su gestión dejó de accionar únicamente dentro del grupo de jugadores que dirige, para disparar sin control la ilusión de miles de tuneros, Juan Miguel Gordo pasó a ser patrimonio de la esperanza y símbolo del cambio dentro del béisbol tunero. Eso, más que un mérito, es un compromiso de marca mayor, y como tal debe ser honrado por la prudencia y la sangre fría de un hombre que definitivamente dejó de ser el antesalista inquieto y polémico de hace unos años, para mutar en el responsable directo del destino de los Leñadores.

La tercera expulsión de Gordo, aunque no aparezca oficialmente en ningún reglamento de la Serie, condiciona su permanencia al frente del equipo que más brillo ha aportado al actual campeonato, hasta el punto de poner en manos de la Dirección Nacional de Béisbol la definición de su suerte. Porque tres veces son muchas, sobre todo para un director, nunca desligado de la indispensable labor de magisterio dentro de un colectivo de atletas que depende de la disciplina para funcionar como equipo.

El director en su laberinto

Cuando en el verano de 2011 este periodista revelaba a la afición tunera la identidad del nuevo director de Las Tunas, se avizoraban las muchas dificultades que enfrentaría un mentor debutante y con muy poca experiencia al frente de un equipo.

Entonces, hacíamos referencia al lío “gordo” que traía entre manos Juan Miguel, pero no podíamos prever que el majibacoense sería sometido a la presión que implica manejar los hilos del equipo más ganador de la temporada.

Juan Miguel Gordo pasó a ser patrimonio de la esperanza y símbolo del cambio dentro del béisbol tunero.

Resulta que pocas cosas son tan complicadas como asumir las riendas de un elenco en el béisbol cubano, mientras se desata un verdadero huracán de pasión por el deporte nacional, para no dejar indiferente a casi ninguno de los mortales que habitamos esta isla definitivamente pelotera hasta sus cimientos.

Para Juan Miguel Gordo, el aprendizaje de esa dura realidad ha llegado con la exigencia que proporciona andar en boca de todos, señalado por muchos como un revolucionario del béisbol tunero; y criticado por otros, defensores del juego más conservador y estático.

Es la misma presión que ha desconcertado a otros mánagers más experimentados, como Víctor Mesa y Juan Castro, igualmente expulsados en más de una ocasión durante la temporada.

Los directores de Matanzas y Pinar del Río podrían ser acompañados por el capitalino Lázaro Vargas, igualmente centro de la polémica y protagonista de no pocos episodios subidos de tono en el estadio Julio Antonio Mella, un parque que poco a poco se ha ido convirtiendo en escenario de polémicas y riñas, hasta desdibujar las fronteras entre el apoyo incondicional a los Leñadores y la falta de respeto a atletas y directivos de los equipos que visitan Las Tunas.

A fin de cuentas, acariciar la postemporada como lo hacen ahora los tuneros, ejerce una influencia específica en cada sector y a ella no escapan los mentores, los jugadores o el público; ni siquiera directivos del deporte y periodistas especializados.

Aun así, reconociendo la cuota de responsabilidad que toca a todos, sigue siendo injustificable que un mentor olvide su responsabilidad con toda una provincia para priorizar sus instintos primarios; que un atleta irrespete a miles cuando no hace su máximo esfuerzo en cada momento del juego; que los aficionados radicales del “Mella” echen al olvido los muchos años dedicados al béisbol y las incontables victorias conseguidas por un lanzador como Ubisney Bermúdez; que los encargados de regir los caminos del deporte tunero se nieguen a reconocer errores que saltan a la vista de todos; o que los periodistas que seguimos la Serie pretendamos satisfacer nuestro ego, antes que velar por el bien mayor del principal espectáculo del país.

Porque si en algo coinciden todos, es en los deseos de acoger una vez más los play off en predios tuneros. Quedarse a las puertas de la postemporada después de brindar tanto espectáculo sería el clásico premio flaco, un dudoso mérito que seguramente nadie querrá reclamar.

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