Redefiniendo El manisero


vendedor-1Pocas personas conocen que Don Fernando Ortiz -con esa autoridad y sabiduría tan suyas que, repartidas a partes iguales, casi siempre le daban la razón- albergaba sus dudas acerca de que la mundialmente cantada letra de El manisero le perteneciera realmente a Moisés Simons. Creía, en cambio, que su autoría era obra de un anónimo vendedor de maní de La Habana de mitad del siglo XIX, cuando la creatividad y el folclor iban de la mano en el rico proceso de formación de lo cubano.

Un siglo y medio después, la cubanía sigue redefiniéndose en cada rincón de esta ínsula, tan distinta y distante de aquella, pero imperturbable en el rasgo más esencial: su gente. Se trata de la misma gente que toma ahora el relevo de aquel genio posible de la cultura callejera, para convencer con idénticas chispa y agudeza a más de una “caserita” indecisa.

Son los vendedores ambulantes de la Cuba del 2011, abierta a las oportunidades individuales para los que quieran aportar su trabajo honrado al esfuerzo colectivo; son los mismos responsables –en su impresionante ir y venir diario– de que muchos consideren a sus calles las más transitadas por ellos, aunque sean otros tantos los tuneros que defiendan invariablemente la misma convicción.

Porque basta permanecer algunas horas en el hogar, para escuchar-ver-disfrutar de un inaudito desfile de carretones, bicicletas (originales o mutadas en cualquier otro engendro de pseudo-vehículo), cestas, cajones, bandejas; siempre portadas por altavoces caminantes que anuncian con asombrosa musicalidad o con horrible desafinación una gama de productos de tan amplios registros que pueden ser al mismo tiempo los más jugosos, grandes, calientes o dulces.

“la cubanía sigue redefiniéndose en cada rincón de esta ínsula, tan distinta y distante de aquella, pero imperturbable en el rasgo más esencial: su gente”

vendedor-2Se trata, en definitiva, de una alternativa tan válida como cualquier otra, parte inseparable de un proceso complicado de apertura a iniciativas particulares, colgadas del vital afán de dinamizar la economía cubana.

Y si se hace necesario defender desde esta página su validez, es solo porque algunos criterios tienden a degradarla con asiduidad, alegando dudosas procedencias de recursos, esgrimiendo subjetivas exigencias estéticas (a vendedores y mercancías) y hasta lanzando de vez en vez algún improperio contra hombres y mujeres que a menudo recorren kilómetros desafiando el sol del verano o las frecuentes lluvias de la primavera.

Aceptados desde la pluralidad cada uno de esos “peros”, lo cierto es que los vendedores ambulantes son portadores de un altísimo valor utilitario porque trasladan artículos de primera necesidad a la puerta de la casa, contribuyen a regular unos precios muchas veces inflados en los mercados fijos y, al decir del etnólogo Miguel Barnet, se convierten junto a sus pregones en “un capítulo importante del folklore cubano y en expresión de la profunda riqueza poética y musical del pueblo de la isla mayor de las Antillas”.

Dicho esto, y en plan de decirlo todo, no siempre resultan agradables las voces altisonantes de los mercaderes callejeros, que perfectamente funcionan como infalible despertador matinal; o que increíblemente hacen coincidir algún “calentico pastel de guayaba” con la acción y el misterio de la película del sábado.

vendedor3De modo que, sin intentar canonizar al pizzero del barrio y asumiendo que alguna ilegalidad subsiste por ahí y debe ser combatida, los vendedores ambulantes son parte inseparable de la Cuba de hoy y como tal deben ser aceptados por todos. Porque si bien las voces de Rita Montaner y Antonio Machín hicieron universal el popular pregón del manisero, entronizando la rumba en Estados Unidos y Europa hasta bien entrados los años 40; no debe olvidarse que quizás mucho antes, en tiempos en los que se definía el futuro de una Cuba decidida a conseguir su independencia, algún humilde vendedor entonaba ya sus notas por cualquier calle de esta isla.

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